Cuando hubieron pasado cincuenta y dos lunas desde aquella triste semana, se dio cuenta de que sus ropas se habían teñido por completo de negro. Daba igual que cambiara sus ropajes, cada vez que se miraba a sí misma éstos eran tan oscuros como una noche en el bosque. Sí, pues donde ella vivía, lejos de los árboles, las luces de los faroles no dejaban que el firmamento llegara a ser tan oscuro como su vestimenta. Sin embargo, sus ojos brillaban y podía sonreír; sonreía por cosas distintas, pero que procedían de lo más profundo de su interior. ¿De dónde venía, entonces, esa oscuridad a su alrededor? Hacía casi un año que había sentado los principios sobre los que sostener su vida, y todos basados en un ente oscuro que sólo había podido conocer a través de incienso y pergamino, y esas ideas se habían aferrado a ella con tal fuerza que las veía cada vez que se miraba.
Aquella tarde había combinado los elixires de Flandes con los del Aconcagua, y se encontraba en estado de alerta, sin embargo era totalmente incapaz de prestar atención a ciertas cosas que pasaban a su alrededor. Por ello prefirió dedicar sus potenciadas energías a algo diferente.
Y tomó de la caja de madera oscura una bolsa aterciopelada, y se encaminó con ella a las rocas que antes fueron navíos, llegando el atardecer…
Abrió el pequeño saco y caminó a lo que antes había sido una pradera. En aquel lugar sí llegaba la primavera con puntualidad, y pronto la lluvia caería sobre el polvo convirtiéndolo en tierra fértil.
A voleo dejó caer un puñado de semillas sobre la seca superficie, y los negros pliegues de sus ropas reflejaron al moverse la luz de la fría luna.
La lluvia vendría. Sólo quedaba esperar…
CONTINUARÁ
Cric-cric, cric-cric...
Grillo
No hay comentarios:
Publicar un comentario